22 Jun 2010
Uno empieza a morir cuando empieza a querer morirse. Cuando la esperanza
-ese abstracto absurdamente verde, otra creación del lenguaje sin
asidero, barril sin fondo- se desmigaja y se pierde tras una barrida.
Uno empieza a morir cuando renuncia a las lágrimas. Cuando ni siquiera el sufrimiento moviliza y no es más que un poco de aire en la garganta.
Uno empieza a morir cuando los problemas se desnudan de signos de interrogación. Cuando es llevado por la nada, sobre la nada, nadando en nada.
Uno se empieza a morir varias veces cada día.
Sin embargo, en una pared se dibuja a sí misma una puerta. Se dibuja desde el picaporte, sigue por las ranuras -cada una- y uno termina por ayudarla - como un fénix- a trazar cada uno de los recortes de la madera.
Uno empieza a morir cuando renuncia a las lágrimas. Cuando ni siquiera el sufrimiento moviliza y no es más que un poco de aire en la garganta.
Uno empieza a morir cuando los problemas se desnudan de signos de interrogación. Cuando es llevado por la nada, sobre la nada, nadando en nada.
Uno se empieza a morir varias veces cada día.
Sin embargo, en una pared se dibuja a sí misma una puerta. Se dibuja desde el picaporte, sigue por las ranuras -cada una- y uno termina por ayudarla - como un fénix- a trazar cada uno de los recortes de la madera.
Sindicación